Boda temática

Cuando el cuchillo seccionó su cuello, absolutamente todos los invitados rompieron a aplaudir, inundando la sala de banquetes con un sonido que a mí me recordó a sonido de la lluvia sobre una superficie de metal. Nadie se imaginaba que aquél líquido denso y carmesí era la vida de Jaime escapándose a borbotones, ahogándolo y haciéndole croar. Cayó de espaldas sobre el charco de sangre que se había formado ya tras él, haciéndome soltar el filo, y atinó a soltar un par de pompas rojas por la boca antes de dejar de ser.

Un camarero se acercó,  dubitativo, con otro cuchillo. Me lo tendió con la mano temblorosa y me dedicó una sonrisa cómplice. Sopesé el cuchillo, que tenía un bonito labrado en el mango de nácar, y le devolví la sonrisa.

—No hay mal que por bien no venga –dije mientras utilizaba mi nueva arma para apuñalarlo en medio de la cara, justo debajo del ojo izquierdo.

Su expresión de asombro se quedó grabada en su rostro mientras tiraba del filo, que dejó una pequeña marca en su mejilla por la que cayó una gota que parecía una lágrima. Mi público enloqueció y aumentó el ímpetu de sus aplausos.

—¡Qué pasada! –dijo alguien a mi izquierda, en la mesa doce—. Te has tenido que pasar toda la mañana preparándolo.

—A quien madruga, Dios le ayuda –respondí con una  alegría que no tuve ni que fingir.

Paseé la mirada por la sala, observando las caras de la gente. Lo estaban pasando bien, les gusta un buen show. Había un pequeño grupo en la mesa cuatro que miraba con cierto horror a su alrededor, desconcertados. El resto de la gente vitoreaba y aullaba, alimentados por el espectáculo que les estaba brindando. Encantados porque alguien alimentara la sed de sangre que ninguno podía ocultar, como depredadores que han acorralado a su presa pero se divierten torturándola antes de comérsela porque la carne sabe mejor cuando tiene trazas de puro terror.

Me acerqué con paso decidido a la mesa presidencial, mientras me arreglaba un poco el chubasquero amarillo de pescador. Uno siempre tiene que llevar sus mejores galas cuando se presenta ante los novios.

El novio esperaba con una sonrisa temblorosa y un cuchillo en la mano, con el que debía partir  la tarta. Me encantaba esta parte; cortar y trocear algo tan grande en tantos pedacitos como invitados.

—¿Va a partir la tarta? –dijo con voz entrecortada mientras miraba de soslayo a su mujer, que saltaba y brincaba a su lado, eufórica siendo el centro de atención.

Cogí el cuchillo y lo posé sobre la mesa. Era grande y aterrador, pero poco práctico. Metí la mano derecha en el bolsillo del chubasquero y rebusqué en él.

—El que parte y bien reparte –empecé, sacando el gancho de acero—, siempre se lleva la mejor parte.

Cuando clavé el garfio en el cuello de la novia, este sobresalió de su boca, haciéndola boquear como un pez fuera del agua, emitiendo un sonido burbujeante que me causó una erección.

Soy un profesional, y cuando los novios me piden una boda temática siempre doy lo mejor de mí mismo. Siempre.

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Conectividad

La alarma sonó insistente como un bebé hambriento a media noche. Tom la buscó a manotazos hasta que, una vez despierto, cayó en la cuenta de que no estaba durmiendo en su cama. Las luces rojas del laboratorio deberían haber sido suficiente pista, pero llevaba semanas sin dormir bien y su cerebro estaba cada día más cansado. Date prisa, pasa algo, le instó la voz de su padre en su mente. Últimamente no podía sacársela de la cabeza.

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El último recurso

Estás acabado. Cuando el maestro sepa lo que has hecho te va a matar. Literalmente. La última vez derramaste un poco de parafina en uno de sus lienzos y las cicatrices todavía palpitan en tu espalda en los días de lluvia. Ahora que has abierto su frasco de tinta mágica, solo puedes esperar la muerte.

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El proceso creativo

En más de una ocasión he visto a gente diciendo aquello de “es que soy poco original” o “a mí no se me ocurren ideas así”. Es, de hecho, una de las preguntas que más he visto hacer a escritores. Y siempre me ha dejado con la misma sensación: ¿cómo va a ser eso posible?

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Resurgimiento

Simon dejó que le afeitaran la cabeza. Sabía que le picaría durante días, pero no podía permitirse mantener el pelo largo. Después se afeitaría la barba. Mientras tanto, frotó su cuerpo con arena y limpió las callosidades con piedra pómez.

El resto de hombres se sentaba alrededor del fuego y reía, mientras hacían carantoñas a su hijo. Al principio no le había gustado la idea, pero su líder le había convencido. Aquel hombre tenía cierto magnetismo que era difícil de ignorar.

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La nana

Escribo estas líneas para que quede constancia de que yo, James Carmichael, salvé a mi familia y, tal vez, salvé al mundo entero del desastre. Quiero registrarlo de alguna manera; necesito que mi historia quede grabada para la posteridad, en caso de que alguien deba enfrentarse al mismo mal que yo enfrenté y creí vencer.

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